jueves, 18 de febrero de 2016

De Coolidge a Obama

La prueba de fuego para Calvin Coolidge en La Habana ocurrió cuando un mesero se le acercó con una bandeja de daiquirís. 
Era el 16 de enero de 1928. Plutarco Elías Calles gobernaba México, donde se libraba la Guerra Cristera. En la República de Weimar el partido de Hitler era una pequeña vociferante fuerza parlamentaria. En la Unión Soviética, Stalin iniciaba la economía centralizada.
En esa época de entre guerras, en Estados Unidos estaba vigente la ley seca. No se prohibía el consumo de alcohol, pero sí todo el proceso industrial y comercial previo. Capone ya era el temido jefe del Sindicato del Crimen que reinaba en Chicago.
Coolidge viajó a La Habana para la Sexta Conferencia Internacional Anual de Estados Americanos. Fue el único viaje que hizo al exterior como jefe de la Casa Blanca.
El presidente manejó su automóvil hasta Cayo Hueso, subió a un barco militar y navegó hacia la isla, donde fue agasajado por su anfitrión, el presidente Gerardo Machado. 
En esta historia que recuperó hace unos meses AbcNews, el reportero Beverly Smith Jr., del Saturday Evening Post, cuenta que cuando Coolidge desembarcó, lo esperaba una enorme y entusiasmada multitud, que se agolpó en torno al carro oficial, le mandó besos y le lanzó flores. 
“Cal, igualmente tocado por esta desacostumbrada calidez latina, se mostró más animado que de costumbre. Inclinó la cabeza, sonrió y levantó su sombrero de seda”.
Pero el periodista estaba pendiente de si Coolidge tomaba alcohol o no. Ese sería su reporte.
En la recepción que le ofreció Machado, cuenta Smith Jr., un mesero se acercó con una enorme bandeja de copas de coctel, ofreciendo daiquirís. 


Coolidge, Machado y sus esposas, en La Habana. Imagen de Ap reproducida por AbcNews

El presidente de Estados Unidos al parecer sintió que lo embestía un toro. Giró con ingenio hacia la derecha, cuenta el reportero, haciendo como que admiraba un retrato colgado en la pared. 
El mesero fue tras él, pero Coolidge se movió otros 90 grados, señalándole a Machado la belleza de la vegetación tropical. 
Cuando terminó de girar por completo los 360 grados, el mesero ya estaba buscando otros clientes para aquellas refrescantes mezclas de ron con limón y azúcar. 
En su discurso, Coolidge dijo que treinta años antes (1898, ocupación estadunidense tras la guerra de independencia con España) Cuba calificaba como una “posesión extranjera, desgarrada por una revolución y devastada por fuerzas hostiles (…) Hoy Cuba es soberana. Su pueblo es independiente, libre y próspero, pacífico y disfruta de las ventajas de su autogobierno”.
No pasó mucho tiempo antes de que el diagnóstico de Coolidge volara por los aires. Cinco años más tarde una insurrección popular derrocó a Machado. Y treinta años después de aquella visita, una revolución derrocó a Batista, uno de los sucesores de Machado.
Desde Coolidge, nunca un presidente de Estados Unidos en funciones volvió a Cuba. Ahora, casi 90 años después de aquel viaje, la inminente visita de Obama a la isla parece sobre todo simbólica. La operación y resultados prácticos arrancaron, como ahora sabemos, en 2010 y quizás se lleven algunos años más.
Pero la imagen de Obama frente al Malecón ya puede adivinarse como el ícono de esta nueva era.


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