sábado, 17 de julio de 2021

Migración expulsa de México a escritor chileno

    El escritor chileno Laurence Maxwell fue detenido en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y deportado a su país el mes pasado por una causa sin fundamento, en uno más de los procedimiento similares que realiza el Instituto Nacional de Migración. 

 Maxwell estudiaba en México en 2014, cuando fue detenido en una manifestación que reclamaba la aparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Acusado de delitos federales, fue liberado por falta de méritos diez días más tarde y decidió volver a Chile.

   A raíz del caso se generó una alerta migratoria en su contra, que más tarde fue anulada por mandato judicial. En consecuencia, Maxwell decidió volver a México este año, sólo para encontrarse con su detención y expulsión del país.


   Él mismo relató el episodio en esta crónica enviada a Del Gran Caribe:



El inadmisible 

(Crónica de un viaje aberrante) 


Laurence Maxwell, escritor.



En 2014, mientras hacía un doctorado en literatura en la UNAM, fui detenido en el Zocalo de Ciudad de México, en una marcha que exigía la aparición con vida de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Fui acusado injustamente de varios cargos, pero finalmente me liberaron de manera incondicional. La experiencia fue tan dura que decidí volver a Chile por un tiempo.

Durante seis largos años preparé las condiciones para volver y recuperar lo que había dejado atrás de manera violenta. Abrigué durante todos esos años la ilusión de recuperar lo perdido. Y esas condiciones empezaron a madurar cuando una abogada de Derechos Humanos, que siguió el caso, me aseguró que la alerta migratoria que se había instalado en los bancos de datos del Instituto Nacional de Migración había sido revocada por orden de un juez federal. Era la pieza que faltaba. Por eso decidí viajar.




Laurence Maxwell (c) y sus padres, a su regreso a Chile tras su detención en México en 2014. Foto Radio Cooperativa



Me invitaron, además, formalmente a presentar mi libro El gato en el congelador.  Como si se tratara de una carrera de obstáculos fui sorteando uno a uno los inconvenientes, cumpliendo minuciosamente con cada formalidad. El pasaje fue el primer dolor de cabeza, la línea aérea me cambió la fecha de salida arbitrariamente unas cuatro veces. Hasta que una fecha se mantuvo: 27 de junio. Me tomé el PCR, saqué el permiso en Comisaría Virtual, el código QR que pedían en México, estado de cuenta bancaria, dirección donde iba a alojar, el dictamen impreso del juez, cartas de invitación. Todo. Todo parecía en regla.

No puedo decir que no iba inquieto por la posibilidad de que me negaran la entrada, pero confié en los documentos que la abogada me había enviado y en las palabras de un amigo, también escritor, que me había dicho: “Creerás que es una mamada, pero con el Obrador han cambiado ese tipo de cosas. Así que no habrá pedo.” 

¿Por qué tanta obsesión por volver a México? Quería cerrar un ciclo, volver al lugar donde me había sentido más completo en mi vida. En el libro El gato en el congelador lo explico de esta manera (alerta de Spoiler): “En el avión, volando en dirección al sur, recordó un pasaje de Las enseñanzas de Don Juan. Una noche, el viejo chamán le pidió al antropólogo que buscara un lugar dentro de la choza de piso de tierra donde se sintiera bien, donde él percibiera que ese espacio le correspondía, porque, explicó, para todos hay un lugar especial con el que nos identificamos, pues nuestras energías se sintonizan con sus energías. Castaneda lo buscó y, al cabo de un rato, lo encontró. El chileno, después de deambular por muchos y muy distintos rincones, también había encontrado el que creía era su lugar en el mundo, sin embargo, en ese preciso instante, se alejaba de él a una velocidad aproximada de mil kilómetros por hora.”

También quería ver otra vez a Paolina. Nuestra relación había quedado trunca, como el resto de mi vida en esa tierra. Ella me visito en Chile una vez, y hace un par de años nos juntamos en Guatemala, ya era hora de volver a mirarnos a los ojos.

Así que, a pesar de la pandemia, tome un avión cargado con quinientos pasajeros rumbo al norte. En Lima debía hacer una escala de diez horas. Por suerte le llevaba de regalo a Jaime el libro Formas de volver a casa, de Zambra, que había comprado casi por azar. El título me gustó, era sugerente, y en la sala de espera del aeropuerto de Lima cobro un nuevo sentido. De algún modo estaba volviendo a casa. Después de mucho andar y mucha nostalgia. Me consolaba recordar que el exilio de mi padre duró trece años y que Odiseo paso veinte años lejos de Ítaca. 

Sin embargo, llegando a Ciudad de México todas las ilusiones se vinieron abajo, al pasar por Migración se disparó la alarma que se suponía desactivada. El funcionario me dijo: “Acompáñeme por favor, tenemos que revisar su caso”. Tuve oportunidad de mostrar todos los papeles, llenar un par de formularios y esperar en una sala cerrada junto a unas veinte personas más. Retuvieron mi pasaporte y me pidieron que apagara el celular. Después de un par de hora volvió el funcionario que se había llevado mis documentos y me dijo: “Le tengo malas noticias, no va a poder ingresar al país”. “¿Por qué? –pregunté, angustiado– En esta resolución dice que un juez ya dio la orden de revocar esa alarma, ¡no me pueden devolver!”. No hubo forma. “Va a tener que esperar en un lugar habilitado para estos casos, hasta que haya un vuelo en que pueda regresar. No es muy cómodo, pero no hay otra opción”. Me llevaron a una sala completamente cerrada, donde me quitaron el teléfono, las agujetas y el cinturón. Me despojaban así de mi calidad de ciudadano y de persona, reduciéndome a la condición de un cuerpo que respiraba con dificultad sobre una colchoneta desnuda. Yo pensaba en Paolina, que me estaba esperando a la salida del aeropuerto junto con Jaime. “Debe estar inquieta, debe estar ansiosa, el avión aterrizó hace dos horas y no he salido”.  

La estación migratoria habilitada en el aeropuerto no tenía ventanas y el ambiente era asfixiante, sólo un ventilador pequeño hacía circular el aire. Costaba respirar con el barbijo y cada vez traían más gente. Habían separado a los hombres de las mujeres, que también se quedaban con los niños. Los ocho camarotes ya estaban llenos de pasajeros, algunos se sentaban de a tres en una litera, conmigo se sentó un ecuatoriano. Realmente no había ninguna medida sanitaria. Fui a mojarme la cara, el baño estaba sucio y no había papel higiénico. “¿Cómo estará Paolina?”, seguía pensando. Tuve un episodio de mucha angustia y se insinuaron síntomas de un ataque de pánico. Me sudaban las palmas de las manos y las plantas de los pies. Me senté, respiré profundo, me concentré, traté de bajar el estado de tensión. Después de muchas horas de incertidumbre me llamaron. Me habló por teléfono una funcionaria del Instituto Nacional de Migración con un cargo elevado. Me informó que alguien había interpuesto por mi un recurso de amparo. Quería advertirme que, si lo firmaba, probablemente no me iban a expulsar del país, pero que sin dudar iba a pasar mucho tiempo encerrado en ese calabozo, mientras se resolvía el dilema jurídico. La lentitud de la burocracia mexicana y su arbitrariedad es proverbial, así que la medida de protección que con toda seguridad había interpuesto la abogada no me daba ninguna garantía de salir de ahí a la brevedad, y la verdad es que después de apenas cinco horas de encierro, no quería pasar ni un minuto más en esa celda. Fue una decisión difícil. Seguía pensando en Paolina, en las ilusiones que nos habíamos hecho con nuestro reencuentro, que ahora se verían frustradas. “¿Y si firmo, y me aguanto?” De sólo pensarlo me sudaban las manos.

Traté de dormir, pero las luces estaban encendidas de día y de noche, muy pronto perdí la noción del tiempo. Tomé agua como un dromedario. Pronto mi drama personal dio paso a un drama mucho más amplio, fui tomando nota de lo que pasaba a mi alrededor. En esa estación había hermanos y hermanas de varios países de Latinoamérica: colombianos, ecuatorianos, muchos brasileños, salvadoreños. Les negaban el ingreso sin informarles la razón, y debían resignarse en sus colchonetas a esperar un vuelo que los regresara a sus países de origen.

El ecuatoriano de Cuenca, un hombre grueso, con aspecto de obrero o trabajador rural, reparó en el libro que yo andaba trayendo y me lo pidió. Se sentó a los pies de la litera, y leyó de corrido casi la mitad de Formas de volver a casa. El azar nunca es azaroso, pensé. Esa instantánea la conservo como un fresco que describe perfectamente la situación. ¿Son esas formas de volver a casa?  Mas tarde, cuando le conté a una amiga mexicana lo que había visto, dijo con espontánea indignación: “Pinche gobierno entreguista, le está haciendo el trabajo sucio al gabacho”. Y tiene razón. México fue durante décadas un país solidario y fraterno con el resto de los pueblos latinoamericanos, fue una casa de acogida y un refugio. La política exterior mexicana nunca se alineó, sin embargo, ahora, han montado verdaderas cárceles para los migrantes de Centro América y el Cono Sur. 

El caso más dramático era el de un muchacho brasileño que se había casado días antes. Habían planeado con su novia con antelación su luna de miel en México. Sin embargo, llegando al aeropuerto, a ella la dejaron entrar, pero a él no. En los pocos minutos que tuvieron para discutir que hacer, antes que al muchacho se lo llevaran y los separaran, decidieron que, ya que habían pagado un hotel y un paquete turístico, que fuera ella y aprovechara la inversión. La muchacha se fue a pasar su luna de miel sola, mientras al novio lo recluían en aquel calabozo, a la espera de un vuelo de repatriación. La tristeza infinita reflejada en sus ojos es difícil de describir.

Más tarde llegó el actuario del juzgado donde habían interpuesto el amparo, tenía que firmarlo. No fui capaz. Le expliqué mi punto de vista y lo entendió. 

Después llegó un delegado de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y me prometió interceder. Me sentí un niño mimado al lado de mis compañeros de infortunio. 



Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Foto La Jornada




Hasta que finalmente llegó una funcionaria de la línea aérea que me ofreció un vuelo para la tarde. Lo acepté. No quería pasar ni un día más en esa celda, lo encontraba injusto, lo encontraba humillante.

Veintiocho horas después de haber llegado me embarcaron en un avión con dirección a Brasil, la máquina iba casi desocupada, pero se llenó con los brasileños devueltos que eran unos sesenta… y yo.

No me devolvieron el pasaporte, que fue pasando de manos de la policía a la de los agentes de la línea aérea. 

Vino otra escala en Paraguay. En el pequeño aeropuerto de Asunción busqué un lugar aislado y solitario en un extremo del edificio. Estaba más tranquilo. Me sorprendió la presencia de un pájaro negro, un mirlo, que saltaba con sus pequeñas patitas juntas, picoteando el suelo de loza, y piando con fuerza. Miré hacia atrás, vi a la mujer de la limpieza, le dije que el pajarito estaba perdido, y con un acento muy diferente y musical me contestó: “No deja que lo agarren, tiene miedo y no sabe como volver a casa, las ventanas están todas cerradas, quien sabe como entró”. Otra vez pensé en el título del libro de Zambra. Ni el pájaro ni yo habíamos encontrado una ventana abierta para volver, y estábamos perdidos en el pequeño aeropuerto de Asunción. Me senté cerca de él, desenfundé mi guitarra y destilé notas que rezumaban tristeza, por él y por mi.   

Llegando a Chile, otra funcionaria de la línea aérea, con mi pasaporte en su poder, me acompañó a los trámites con el Ministerio de Salud. “No tiene que pagar ni el PCR ni el hotel –me dijo la mujer que hizo la ficha– porque, en estricto rigor, usted no ha salido de Chile”. La miré, pensé en la absurda vuelta que acababa de dar, subiéndome y bajándome de cinco aviones, y aplaudí su capacidad de ironía. 

Finalmente, fui conducido a las dependencias de la Policía de Investigaciones. “Es un inadmisible”, le dijo la funcionaria al encargado. El policía llenó un formulario, me devolvió mi pasaporte y volví a ser un “ciudadano del mundo”. Me subieron a un bus lleno de pasajeros que el Ministerio de Salud derivaba a Residencias Sanitarias.

Sin duda fue un viaje aberrante, desgastante física y emocionalmente. En la última conversación que pude tener con la abogada me aseguró que lo que había hecho Migración es ilegal, una medida arbitraria contra una resolución judicial. Es el estado de excepción en su matriz más pura, me dije a mi mismo.

Gracias a esa arbitrariedad estatal, mi relación con Paolina ha adquirido dimensiones shakesperianas, pues la imposibilidad de vernos para ambos es una tragedia que nos tiene desolados. El Estado mexicano no me deja entrar y las fronteras chilenas están cerradas.

Para colmo hoy me llegó un mail de la aerolínea en que me pedían que evaluara mi viaje a Ciudad de México. El universo es irónico.

 





lunes, 12 de julio de 2021

Las demandas en Cuba

   Nunca, desde la revolución de 1959, había ocurrido una protesta civil contra el gobierno como la de este domingo en Cuba. Fue mayor en cantidad de participantes y en presencia territorial que su antecedente, la del 5 de agosto de 1994 en el casco antiguo de la capital.

   El sitio Invntario, dedicado a la recopilación de datos y estadísticas de la isla, registró concentraciones antigubernamentales en Alquízar, Artemisa, Bauta, Bayamo, Bejucal, Camagüey, Cárdenas, Ciego de Ávila, Cienfuegos, Güines, Holguín, Jovellanos, Matanzas, Nueva Gerona, Palma Soriano, Pinar del Río, Placetas, Puerto Padre, San Antonio de los Baños, San José de las Lajas, San Nicolás, Sancti Spíritus, Santa Clara, Santiago de Cuba y una decena de ubicaciones en la Ciudad de La Habana. Al menos una acción en cada una de las provincias.

     Una de las protestas antigubernamentales en Cuba, en La Habana, el 11 de julio de 2021. Foto Afp



  Hace 27 años el resorte que impulsó a la multitud a las calles era la expectativa de emigrar a Estados Unidos, en una especie de repetición del éxodo del Mariel de 1980. Esta vez parece un efecto combinado, por lo menos, de la escasez de alimentos y medicinas, el impacto de la reforma monetaria en la carestía, la creación de un exclusivo mercado en divisas, el deterioro del nivel de vida por esa vía, la vuelta de los apagones y la expansión de la tolerancia cero oficial ante cualquier mínima protesta callejera, aún por reclamos muy elementales.

   El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció entre los manifestantes a “personas de pueblo que tienen necesidades, que están viviendo parte de estas carencias, de estas dificultades (…) personas revolucionaras, que pueden estar confundidas, que pueden no tener todos los argumentos o que también están expresando estas insatisfacciones”.

   Como ocurre desde hace seis décadas, la hostilidad económica de Estados Unidos impacta en la vida cotidiana de Cuba y reclama la eliminación de sanciones. Dentro del país una sociedad plural reclama diálogo y soluciones. 

domingo, 11 de julio de 2021

Acoso de Migración mexicana contra profesor colombiano

  Miguel Ángel Beltrán, el académico colombiano detenido 17 horas con su familia en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México entre jueves y viernes pasados, considera que su caso, más que un asunto personal, es una persecución impulsada incluso fuera de sus fronteras por el gobierno de Colombia “contra todo aquel que ejerce ese derecho legítimo a la oposición, a pensar diferente y criticar”. 

   La detención se produjo a pesar de que en 2017 la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) confirmó que el Instituto Nacional de Migración (INM) violó derechos de Beltrán al negarle la oportunidad de asilo y expulsarlo de México una década antes, lo que le costó al agraviado terminar en prisión en su país.

   Beltrán, su esposa y sus dos hijos menores de edad, llegaron cerca de las nueve de la noche del 7 julio en el vuelo de Aeroméxico desde Bogotá, con propósitos de turismo. Su relato muestra que su detención estaba prevista: sin ver el pasaporte, el agente migratorio le habló por su nombre y le informó que había una “alerta migratoria” contra él.



           Miguel Ángel Beltrán. Foto tomada de la cuenta de Twitter @sinfronteras_1


   


 Le dijeron que serían expulsados a Colombia. Miguel Ángel reclamó una llamada telefónica, que sólo le concedieron hacia la medianoche. Habló con la organización Sin Fronteras, que obtuvo una suspensión provisional para que la familia entrara al país, lo que pudo hacer cerca de las dos de la tarde del viernes 8.


   Durante la detención la familia pasó por “condiciones críticas”, dice Beltrán. En una sala estrecha en la que estuvieron su esposa y sus hijos había mas de 55 personas, incluso 11 niños. En otro lugar, en el que estuvo Miguel Ángel, había colchonetas en las que habían pasado varios días decenas de latinoamericanos. En ninguno de los dos sitios de reclusión había la mínima seguridad sanitaria.


   Beltrán concluye que la cancillería colombiana gestionó la deportación ante las autoridades mexicanas. Políticos colombianos de izquierda también han sufrido trabas para entrar a México, incluso después de los acuerdos de paz, recuerda Beltrán. Advierte que es un tipo de reacción del gobierno de Colombia frente a la insurgencia civil que, entre otros hechos, desembocó en el paro de este año y sus secuelas. “Se ha logrado configurar un movimiento que resiste y está dando la pelea”. 


   Al final el mensaje “es para todo el movimiento social de Colombia, que guarde silencio, que no se involucre, que se mantenga al margen”, señala Beltrán.


   La vida del investigador cambió el 22 de mayo de 2009. Cinco meses antes había llegado a cursar un posdoctorado en el Centro de Estudios Latinoamericanos (Cela) de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), bajo un convenio con la Universidad Nacional de Colombia, donde trabajaba.


   Aquél día Beltrán fue convocado al INM con el pretexto de regularizar su situación en el país. En las oficinas centrales le dieron a firmar un documento con datos equivocados, lo que él hizo notar. Pero el funcionario que lo atendió le dijo que era mero trámite, sin importancia.


   Confiado, el profesor colombiano firmó. De inmediato una mujer le dijo que desde ese momento estaba ilegal. Lo que siguió fue una pesadilla: sujetado por la fuerza, esposado, encapuchado y conducido fuera de las oficinas, sin posibilidad de pedir auxilio, llegó al aeropuerto y fue subido a un avión. A las cinco horas estaba en Bogotá. Lo recibió un operativo militar y los medios. Gracias a un pacto entre los gobiernos de Felipe Calderón y Álvaro Uribe, Colombia llevó a prisión a quien llamaba el “terrorista internacional más peligroso”, apodado “Jaime Cienfuegos”.




                                    Video tomado de la cuenta de Sin Fronteras en YouTube

   

   En Colombia cumplió dos años de cárcel bajo el cargo de rebelión. En 2011 un juzgado penal lo absolvió y lo puso en libertad, pero una apelación lo devolvió a prisión. En una última instancia, la Corte Suprema lo absolvió de nuevo. Expulsado de la Universidad, también obtuvo su reinstalación años después.


   En los alegatos las autoridades exhibían como pruebas fotos, documentos y textos originales de Beltrán relacionados con la entonces guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que ha sido parte de sus temas de investigación.


   Sin Fronteras litigó en México el caso y en 2017 la SCJN confirmó una sentencia del 18o. Tribunal Colegiado en Materia Administrativa de Primer Circuito, según la cual el INM actuó en forma irregular al negarle a Beltrán su derecho a solicitar asilo, recibir asistencia legal y haberlo expulsado de México en 2009.